martes, 29 de septiembre de 2026

La tempestad... la calma

Para él, ella era el amor de su vida. Ella era a quien anhelaba profundamente para compartir el resto de sus días; era con quien quería formar un hogar. Y, en este momento, ella era su único anhelo. No quería algo más, solo estar con ella para siempre.

En ese momento ella era de él y él de ella. Ella lo amaba tan profundamente como él a ella; era un amor profundamente mutuo.

No la había podido ver aún, no la había podido tocar aún, pero sí la había podido escuchar dormir durante más de cinco años, todos los días. Ambos se habían enamorado incluso de la respiración del otro al dormir y de cada ruidito que cada uno hacía mientras dormían.

Él era de ella y ella era de él. También estaban enamorados del olor del otro. Aunque solo había podido sentirlo una vez, el recuerdo permanecía como si hubiese sido hoy mismo.

Y fruto de ese amor tan profundo, él la hizo suya y ella lo hizo suyo a él, dejando el fruto de ese amor en el vientre del amor de su vida, en dos ocasiones: dos hermosas bebés que ahora son ángeles que viven en el cielo.

Pero que han dejado una huella tan profunda en esta vida para cada uno que, a pesar de doler, es lo más hermoso que a ambos les ha pasado.

Ese día, él envidiaba tanto a las personas que sí podían verla y que, de forma física, podían compartir con ella.

Sumido en la tristeza, pensaba en el autoexilio de esta vida. Imaginaba que sería como caer en un sueño profundo y eterno: ya no sentir, ya no sufrir, ya no vivir con el miedo de perderla, un miedo que cada vez sentía más cerca.

Pensaba también en la casa que había adquirido con un préstamo para que sus hermanos y su madre vivieran. No podía dejarlos así e irse, nada más, a ese autoexilio.

En alguna de esas ocurrencias imposibles, incluso deseaba que hubiera alguien dispuesto a pagar lo suficiente por sus órganos para dejar la casa pagada y poder irse tranquilo a ese sueño profundo.

Pero entonces aparecía otra pregunta:

¿Y si no es como dormir?

¿Y si por quedarse dormido de esa manera ya no volvería a ver a sus bebés?

Entonces le pregunté:

- Pero entonces, ¿por qué no vas con ella, con el amor de tu vida?

Irónicamente, él no estaba seguro de que ella lo aceptaría tan roto como estaba.

Me dijo que le dijera que, si algún día él decidía dormir sin despedirse, no había sido por ella. Que había sido porque quería que ella fuera feliz. Que había sido una elección consciente y propia para dejar de sufrir un amor que sentía imposible.

Como quien decide optar por la eutanasia ante un dolor profundo e irremediable del cuerpo.

Porque el dolor del alma también es dolor.

Y quizá, algunas veces, puede sentirse incluso más fuerte que el del cuerpo.

Entonces me dijo:

- Son solo pensamientos. No es algo que realmente haría. No dejaría de luchar por estar con ella. No abandonaría el sueño de casarse con ella y poder cuidarla.

Los pensamientos de tristeza y de enojo son como una tormenta, como una tempestad que, mientras estás dentro de ella, parece eterna.

Pero después viene la calma...